El corazón devorado
Dante
Me parecía ver en mi aposento una nube color de fuego, dentro de la cual distinguía yo la figura de un señor cuyo aspecto infundía terror a quien lo mirase, aunque mostrábase tan risueño, que resultaba ser cosa extraña. Entre muchas otras palabras que no pude entender, díjome éstas…: Ego dominum tuus. En sus brazos parecíame ver una persona que durmiendo estaba, casi desnuda, tan sólo envuelta ligeramente en un paño bermejo; y como yo la mirase atentamente advertí que era la mujer que constituía todo mi bien, la que el día anterior habíase dignado saludarme. Y él, en una mano, parecíome como si sostuviera una cosa que ardía intensamente, y así como si dijese estas palabras: Vide cor tuum. Una vez que permaneció así algún tiempo, parecióme que despertaba a la durmiente, y con mucho empeño de ingenio, hacíale comer aquella cosa que en su mano ardía y que ella, resistiéndose, comía a pesar de su escrúpulo. La alegría del extraño personaje no tardó en trocarse en muy amargo llanto. Y así, llorando, sujetó aún más a la mujer entre sus brazos, y luego con ella se remontó hacia el cielo…
