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Hace algún tiempo que no te tomo entre mis manos frías, que mis ojos no se posan en ti, que mis pasos me alejan de tus senderos; pero mis dedos no han olvidado tu textura. No sé cuánto ha que no te tomo siquiera para estrujarte, para sentirte resbalar entre mis dedos y ver cómo te vas quedando muerto.
Cada vez que lo intento me es más difícil empezar, enmudecen mis sueños, se petrifican mis manos, no sé por dónde ni cómo habré de abordarte una vez más; imagino que una vez juntos recobraremos el mundo para construirlo todo de nuevo, que apasionadamente renaceremos fundidos y lentamente te inundaré hasta que te desbordes, que todo fluirá como si el río nunca se hubiese detenido.
Pero no es así, siempre es más difícil; enfrentarme a ti es intimidante, te veo lejano, impasible, esperando que yo actúe, aguardando que te transforme con mi pasión, esperas inconmovible que me decida, que me acerque.
Y siempre vuelvo, con miedo a que te resistas, con el temor de enfrentar tu vacío y ver reflejada mi oquedad en ti. Pero vuelvo, retomo tu blancura y la mancho con mis besos de tinta, con mi imaginación suspendida añorando los momentos de lucidez incontrolable, cuando los pájaros volaban con soltura y las flores no esperaban a la primavera para florecer.
A veces no tengo mucho que ofrecerte, unos minutos, dos pensamientos, media palabra y mi amor, a veces lo tomo en serio y nos sentamos de frente, retándonos, tanteando en la oscuridad la salida del silencio.
Te necesito con vehemencia, mis sueños buscan reflejarse en ti, anhelo la hora de fundir nuestras almas y advertir desde lejos tu textura externa.
Te busco y te tengo, pero a veces te guardo en un cajón y quiero olvidar que existes y que desde ahí adentro, desde tu encierro, me gritas, suplicas tu liberación, mi liberación. Te ignoro hasta que me siento tan inundada de quejas, de frustraciones, de irreverencias olvidadas, de árboles y alamedas, de besos y nubes rosas, hasta que me anego de gritos silenciados, entonces tomo aire, me escondo bajo la cama, respiro todo lo que puedo ahí abajo entre el polvo y el olvido, abro mis ojos para encontrar la salida, me desespero, cierro la puerta al silencio, salgo a buscarte, me siento frente a tu cárcel y te libero esperando liberarme a mí.
Pero me enfrento a tu helada indiferencia, tu eterna espera, tu silencio de nieve y agua, y lo intento, me esfuerzo, te miro insistente esperando que brote de tu ser mi angustia y podamos entre los dos convertirla en pesadilla de otros; te me entregas todo sin restricciones y yo me paralizo, hasta que la vida que fluye fuera y dentro de mi te envuelve.
